Separarse: un camino de renacimiento, no un fracaso

Los caminos de la vida son curiosos. Como terapeuta especializada en parejas, jamás imaginé que una parte importante de mi trabajo sería acompañar procesos de rupturas, separaciones, divorcios. 

He pasado y sigo pasando mucho tiempo investigando sobre las complejidades de las relaciones amorosas, todo lo que influyen nuestras crianzas, las significaciones simbólicas, los valores que damos a cada cosa, la familia extendida, los hijos, el dinero, el poder. 

Quizás por mi creencia profunda en que el amor es la motivación principal de los seres humanos, mi foco siempre ha sido que, si existía amor, cualquier pareja que trabajara en sí misma lograría sanar y seguir adelante. 

Pero la realidad empírica me ha mostrado otra cara real y científica: a veces, el acto más saludable es todo lo contrario: separarse. A veces el amor no es suficiente.

Mi propia historia incluye dos divorcios. Han sido, eso sí, finales de historias que me han dejado cosas maravillosas, experiencias, hijos, vivencias, una parte de mí que se transformó, un autoconocimiento que no hubiese sido posible sin esas historias. 

Esta experiencia personal, junto con mi práctica profesional, me ha permitido ver tanto lo más oscuro como lo más hermoso del ser humano en estos procesos.

El divorcio es, esencialmente, un proceso de muerte que nos obliga a redimensionar nuestra identidad. Nos enfrenta a preguntas fundamentales: ¿quién soy ahora? ¿hacia dónde voy?. Cuando hay hijos, la complejidad aumenta: ¿quién soy como madre/padre sin la pareja con quien los creé?.

He visto todo tipo de respuestas a estas preguntas. Y en todas ellas vale la pena trabajar tanto -y a veces incluso más- que en reparar una pareja. Recuerdo a un paciente reciente que, en medio de su dolor, se preocupaba por proteger a su ex pareja de lo que otros pudieran decirles a sus hijos sobre la separación. Ese tipo de amor, pudiera decirse, desinteresado incluso en la separación me admira.

En el otro extremo, he presenciado casos donde la furia lo consume todo, donde hasta los hijos se convierten en armas y el odio en motor de destrucción. Transforman el divorcio/ruptura en un campo de batalla interminable, quizás porque pelear es la única manera que encuentran de seguir conectados.

No hay buenos ni malos en estas historias (aunque la maldad humana ocasionalmente asoma su rostro, tema para otro newsletter). Cada quien afronta este proceso como puede, con sus propios mecanismos de supervivencia. Como terapeuta que ha vivido el divorcio en carne propia, he tenido que surfear muchas de estas experiencias, reconociéndolas en mi propia historia. Y hay algo que puedo afirmar, en mi nombre y en el de cualquier paciente que haya visto: el divorcio nunca es un fracaso. 

Cuando nos separamos, siempre estamos a las puertas de una nueva oportunidad. Si nos permitimos conectar con el dolor y la muerte que implica, emerge de nosotros una mejor versión. Una versión que puede estar lista para seguir amando.

Puede que las historias de amor no sean eternas. Y no tienen por qué serlas. Lo que sí es seguro es que, tarde o temprano, de una manera u otra (el amor se expresa en numerosas formas) volveremos a amar. 

98 Comments

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *